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La Coctelera

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14 Julio 2011

"La trampa", un relato de Ted Hughes [Traducción: MMF]

Tengo un pequeño zorro de marfil que mide aproximadamente una pulgada y media. Parece una artesanía esquimal. Me llegó en uno de los capítulos más extraños de mi vida.

De vez en cuando mi madre veía fantasmas. De distintos tipos. Una noche durante la última guerra se despertó, presa de una terrible agitación. Permaneció acostada un rato, sintiendo que la inquietud crecía. Por fin dejó la cama, abrió las cortinas y se topó con un espectáculo asombroso. Al otro lado de la calle estaba la iglesia de San Jorge. Y encima de ella el cielo palpitaba, lleno de cruces luminosas. Según dijo al día siguiente eran millares, un ejército de cruces que se prendían y apagaban, cubriendo el firmamento entero, flotando como gruesos copos de nieve listos para estrellarse y derretirse en una ventana tibia. Intentó despertar a mi padre. “En algún lugar ha empezado la peor de las batallas —le dijo—. Están muriendo miles de muchachos.” Él la oyó pero se negó a moverse. Debía levantarse a las cinco de la mañana, igual que siempre. Ella regresó a la ventana y siguió mirando hasta que el frío la obligó a volver a la cama.

Al día siguiente la radio anunció que esa noche las fuerzas militares de Inglaterra y Estados Unidos habían llegado al norte de Francia y luchaban por atravesar las defensas alemanas.

En otra ocasión la despertó un fuerte dolor en la nuca y un horrible estruendo. Golpes breves, rápidos, como si alguien llamara a una puerta o martillara en una mesa. Ignoraba de dónde provenía el ruido. “Sacudía la casa”, dijo. De nuevo se levantó y miró por la ventana. Pero la calle, que era la arteria principal del pueblo, estaba desierta. Bajó a la cocina, se preparó una taza de té y se sentó a solas con el dolor. Parecía, dijo, un dolor de muelas, pero en la nuca. Nunca supo cuándo se detuvo el estruendo: de pronto ya no estaba ahí. Pero a la mañana siguiente, al recibir el telegrama que anunciaba la muerte violenta de uno de sus hermanos durante la noche, aún sentía el dolor.

Estaba preparada para la noticia. Había presentido que alguien de su familia iba a morir. El dolor desapareció en cuanto leyó el telegrama.

En otra ocasión, mientras pasaba la aspiradora por la sala a media tarde, entró su hermano mayor. Se sintió alarmada, ya que sabía que en esos momentos él yacía inmóvil en un hospital de Halifax. Al desconectar la aspiradora para hablarle, vio cómo se esfumaba. Tomó nota de la hora y supuso que su hermano había muerto en ese preciso instante. De nuevo había presentido que alguien de su familia iba a morir.

Cada vez recibía una advertencia semejante. De entre sus siete u ocho hermanos, la que de niña había sido su mejor amiga era Miriam, la hermana que le llevaba menos años. Había muerto cuando ambas eran adolescentes. Una noche, meses después de su deceso, Miriam reapareció y se sentó en la cama de mi madre, igual que había hecho en vida, y le tomó la mano. Sin hablar, como si sólo ofreciera consuelo. Dos días después falleció su hermano menor.

A partir de entonces, Miriam solía aparecerse en la cama de mi madre justo antes de que un miembro de la familia muriera. Pero su fantasma cambió con el paso del tiempo. Se hizo más alta, más luminosa. “Poco a poco —decía mi madre— se ha transformado en un ángel.” Para cuando falleció el hermano mayor, Miriam se había vuelto un ángel enorme y brillante, de alas plegadas. Mi madre la describió como si estuviera hecha de fuego. Como si estuviera cubierta de plumas multicolores, flamas suaves y copiosas. Pero aún era Miriam. En esa última visita, mientras permanecía junto a la cama, mi madre extendió una mano para tocar el fuego porque era, dijo, “bellísimo”. “Se sentía —nos contó después— como el sabor de la miel.” La recuerdo diciendo eso al día siguiente como si hubiera sido hace unos cuantos minutos.

*

Mi hermano, mi hermana y yo también queríamos ver fantasmas.

Vivíamos cerca de Hebden Bridge, en West Yorkshire, en un pueblo llamado Mytholmroyd. Ahí el río corre por un valle profundo, bajo un vasto horizonte de praderas. En un extremo del valle, en un escabroso bosque de robles y abedules, hay una tumba antigua. Al menos siempre se le conoció como tumba. La llamábamos la tumba del Viejo Britano. Una burda, enorme losa de piedra. Mi hermano, mayor que yo, intentó desenterrarla varias veces con ayuda de algunos amigos. Recuerdo haber forcejeado en dos o tres ocasiones. La losa estaba empotrada en un agujero y era demasiado grande para que la sacáramos. Tratamos de cavar alrededor y debajo de ella. Sólo logramos que se hundiera más.

A mi hermano le gustaba acampar en las colinas y solía llevarme con él. Una vez que acampábamos en el bosque, cerca del río, no muy lejos de la tumba, se le ocurrió invocar el fantasma del Viejo Britano.

Debía haberlo planeado cuidadosamente, porque iba preparado. O quizá no del todo. Había traído media botella de un vino de zarzamora que fabricaba uno de nuestros tíos. Serviría para la ceremonia.

Me despertó a medianoche. Me puse las botas y lo seguí por el bosque. Me gustaba la espesura en la oscuridad, pero para cuando llegamos a la tumba estaba nervioso. Recuerdo que no quería que se acercara demasiado a la losa. Creía que algo podía agarrarlo y jalarlo. Y entonces me quedaría solo en el bosque sombrío, mientras mi hermano se hundía cada vez más en la tierra. La idea me perturbaba.

Él ya había hecho lo que llamaba el altar: una roca plana al borde de la tumba, sobre la que montó una fogata. Vi que había juntado leña. Incluso había vaciado varios cartuchos calibre doce; el explosivo suelto garantizaría una flama instantánea. Fue todo un éxito. Los troncos y las ramas de los árboles se iluminaron con un repentino fulgor, como si hubieran alzado los brazos. Después el fuego se redujo a quemar los palos y ramitas que mi hermano había apilado en forma de tienda india. Era un experto en hogueras; al cabo de unos instantes ardía una buena llama.

Se puso de pie con su botella de vino y la inclinó con cuidado, dejando caer un chorro en el fuego. El fulgor se opacó y siseó mientras se levantaba una pálida nube. Mi hermano comenzó a hablar:

—Oh Viejo Britano, vierto esta roja ofrenda para darte vida. Levántate, oh Viejo Britano, todo esto es para ti. Levántate y entra en calor. Levántate, oh Viejo Britano, y sacia tu sed ancestral.

Recuerdo ese “sacia tu sed ancestral” porque fue la primera vez que sentí que mi pelo se congelaba como una capa de hielo. De golpe tuve miedo. Podía ver al Viejo Britano descubriendo los dientes en las simas de la tierra. Quizá sus ojos se acababan de abrir. Sabía que vendría, y que nosotros no sabríamos qué hacer. ¿Qué haría mi hermano cuando eso empezara a caminar hacia nosotros?

Él ya retrocedía hacia mí, como si hubiera visto algo en el pozo donde yacía la losa. Mientras avanzaba seguía derramando vino en la dura hierba del bosque. Luego, a medio camino entre la hoguera y yo, dejó la botella en el suelo, ligeramente inclinada, todavía con un poco de vino, y me alcanzó. El fuego se había recuperado, ayudado al parecer por el elíxir de zarzamora.

Quizá mi hermano hizo otras cosas en las que no reparé. Observamos las llamas y las enormes cuevas de negrura entre los troncos. Pequeñas chispas trepaban por el humo enrojecido. Agucé la mirada para distinguir una figura tras ellas. Mantuve un ojo en la botella.

Esperaba algo. Quizá un bulto oscuro semejante a un animal brotaría del agujero. Quizá, de algún modo, alguien estaría junto a la tumba, mirándonos.

O quizá no veríamos nada pero de pronto la botella se elevaría en el aire, inclinándose para que una boca invisible bebiera. Después, entre nosotros y el fuego, una figura cobraría solidez, botella en mano.

La peor duda era, no obstante, qué hacer si algo se nos acercaba.

Permanecimos agazapados, viendo la agonía de las llamas.

En un susurro le pregunté a mi hermano si creía que debíamos regresar a la tienda de campaña; su respuesta fue un silbido tenso y agudo que erizó todo el vello de mi cuerpo. Tenía la vista fija en las brasas de la hoguera. Intenté ver lo que él miraba.

—Creí distinguir algo —murmuró.

Empecé a oír ruidos en el bosque, rasguños y crujidos. Sentía cierta somnolencia. Seguramente el fuego ya había muerto. Por fin mi hermano se incorporó y se dirigió a la fogata. Lo seguí de cerca. Levantó la botella y virtió las últimas gotas en las brasas. De una patada derribó el altar. Nada había pasado.

*

Mi pequeño zorro de marfil llegó el verano siguiente. Esta vez acampábamos en el valle conocido como Crimsworth Dene.

Nuestros padres habían nacido en Hebden Bridge. Su edén había sido la profunda y escabrosa cañada de Hardcastle Crags, llena de árboles y con un río rocoso, que al noroeste sube hasta las praderas de Hebden Bridge. En aquellos tiempos la vieja fábrica de tejidos que aún se yergue en la cima del desfiladero era el salón de baile donde los muchachos de la localidad se cortejaban. Ahora este sitio es un famoso mirador. Más de una vez la gente de Hebden Bridge, de vacaciones en Blackpool o Morecambe, ha comprado un boleto de autobús para un tour de un día a un misterioso mirador y ha terminado en Hardcastle Crags.

Crimsworth Dene es un valle más secreto que se bifurca hacia el norte desde la base de Hardcastle Crags.

Al igual que todos esos valles Crimsworth Dene es hondo, de laderas pronunciadas, con bosques que cuelgan sobre campos en declive y cercados de rocas. Encima de los bosques hay más campos que trepan hacia una o dos granjas. Y encima de estas, las praderas: las llanuras infinitas que se extienden hacia el norte rumbo a Escocia. Al fondo del valle, una grieta oscura y profunda, llena de hayas, robles y sicomoros, se precipita a un río invisible.

En la ladera oeste un viejo camino de carretas sube hacia el norte entre muros de piedra deslavada, bajo los bosques colgantes y sobre los campos, hasta salir a las praderas rumbo a Haworth. En ese camino, casi una milla a la izquierda, hay un pequeño claro bajo los árboles que domina el panorama.

Quizá alguna vez fue una cantera de la que se extraía la piedra para las casas de los alrededores. Aquí, cuando eran niños, antes de la Primera Guerra Mundial, solían acampar los hermanos de mi madre. Bautizaron a Crimsworth Dene como “el valle feliz”. Allí ocurrió el capítulo más extraño de mi vida.

Un día mi hermano decidió acampar ahí. Pese a que estaba justo al centro del territorio que, desde mi punto de vista, pertenecía a nuestros padres, estaba un poco fuera de nuestros dominios. Pero nuestros tíos conocían a los granjeros, y a mi hermano le dieron permiso de cazar conejos y urracas y demás. De cuando en cuando llegaba hasta el valle con su rifle, pero eran excursiones raras y breves. Aunque siempre había conocido Hardcastle Crags, era mi primera vez en Crimsworth Dene. Tenía apenas siete años.

La tarde del viernes, mientras montábamos la tienda de campaña en el pequeño claro bajo los árboles, supe que era el lugar más mágico en el que había estado. El aire estaba en calma, el cielo claro después de un día caluroso. Por todo el valle, sobre los grandes montes de hierba, grises columnas de mosquitos colgaban en la quietud como el humo vertical de los fuegos campales. Mientras mi hermano preparaba nuestros lechos, los sartenes y los cubiertos y reunía rocas para la fogata, bajé al río para traer agua y recoger algo de leña. Todo el tiempo un ave trinó en la rama más alta de un árbol en el claro. Nunca había oído un canto semejante, ni lo he vuelto a oír desde entonces.

Supongo que era un tordo. Pero cada nota reverberaba en el valle entero. Sentí que debía hablar en voz baja. Aun así imaginé que cada una de nuestras palabras llegaría hasta Pecket, un pueblo oculto por la colina a más de una milla de distancia.

Mi hermano encendió el fuego y calentó las alubias. Acampar se reduce a hogueras, a comida cocinada en las llamas, a dormir en una tienda de lona. Y a despertarse en el húmedo amanecer. Planeamos levantarnos al alba, incluso antes, cuando los conejos aún son torpes y se mueven lentamente entre la hierba salpicada de rocío. Nuestro objeto más preciado y hermoso, el brillante rifle norteamericano de mi hermano, estaba en la tienda, sobre una manta.

Conforme oscurecía, en mi cabeza no dejaba de sonar una canción y su letra. Me llegaba siempre que miraba el pasto profundo, el campo a nuestros pies que se precipitaba hacia una penumbra arbórea. Claramente escuchaba

Si hoy vas al bosque

Hallarás una gran sorpresa

y la extraña tonada de la canción, semejante a un oso retozando en la espesura sombría.

Tendido en una manta, acurrucado al fin bajo mi cobija, los ojos fijos en la tensa lona de nuestra tienda militar, escuchando el murmullo de las estrellas y la enorme, silenciosa respiración del valle, me sentí más feliz, más despierto que nunca. Aun así, me quedé dormido de inmediato.

Desperté en la oscuridad creyendo que era hora de levantarse. Permanecí inmóvil, atento a las criaturas nocturnas. Al cabo de un rato escuché algunas aves y las paredes de la tienda empezaron a palidecer. Mi hermano se despertó y, sin desayunar, partimos.

Había oscuras huellas de conejo por doquier, alterando la blancura del rocío. Miré con atención las que estaban alrededor de nuestra tienda. ¿Por qué no había oído a lo que las había dejado? ¿De qué eran? ¿De conejo o de otra cosa?

Por lo general nuestras esperanzas se reducían a dispararle a un conejo. Pero como este era un nuevo territorio de caza, y como el lugar destilaba una magia tan salvaje, tan secreta, tan virgen, yo confiaba en llenar una bolsa. Sin embargo, a duras penas vimos uno. Sólo el curioso rabo blanco en la lejanía, un relámpago y luego nada. Salió el sol. El rocío destelló y se evaporó. Peinamos la ladera, llegamos hasta la llanura. Caminamos sigilosamente por el borde de los bosques, miramos por encima de las rocas. Debíamos estudiar hasta el objeto más insignificante. Podía ser cualquier animalillo. O la cabeza de un urogallo irguiéndose del suelo. Pero mi hermano no hizo un solo disparo. Dedicamos el resto de la mañana a asolearnos.

Pero a mediodía, al regresar a nuestro campamento para desayunar, nos topamos con algo extraño. La pared sobre el bosque, encima de nuestra tienda, tenía una brecha ruinosa. Mientras bajábamos por ella, mi hermano señaló.

Bajo la pared, del lado del bosque, una piedra plana semejante a una baldosa, grande como una lápida, apuntaba hacia afuera. Vi que se apoyaba en un dispositivo de ramas delgadas hecho por la mano del hombre. Tras las ramas, debajo de la losa inclinada, yacía una codorniz muerta con la pechuga rasgada, exhibiendo la carne oscura.

—Trampa montañesa —dijo mi hermano.

Era la primera trampa que yo veía instalada. Había leído acerca de ellas, hechas con troncos gigantescos y usadas por los cazadores de los bosques canadienses para atrapar osos, lobos, glotones. Mi hermano me explicó cómo funcionaba. Cómo el más mínimo roce en la rama central derrumbaría todo el dispositivo y haría que la piedra cayera con fuerza sobre lo que estuviera debajo.

Pasé junto a ella cautelosamente. No quería que mis pisadas la activaran.

—La codorniz está fresca —dijo mi hermano—. Deben haberla puesto ayer. O quizá hoy por la mañana. Tal vez para un zorro.

No habíamos visto al trampero, que cuidaba los urogallos de Lord Savile en la pradera. Era peligroso sólo si le disparaban a una de sus aves, y nosotros no lo habíamos hecho. Sin embargo debíamos estar en guardia.

Por lo general un trampero te ve primero. Y en cuanto lo hace, se vuelve invisible: hasta que lo tienes encima.

Por la tarde volvimos a la llanura. A mi hermano le encantaba asolearse. Se untó aceite de oliva y se tendió para freírse. Lo acompañé un rato. Pero no me enloquecía el sol. Eso se lo dejaba a él. Finalmente encontré un hilo de agua que brotaba de una vieja pileta y me dediqué a construir presas y canales.

Los conejos suelen salir de nuevo alrededor de las cuatro de la tarde. Pero aun así no tuvimos suerte. De algún modo, pese a todas las huellas en el rocío matinal, pese al silencioso y solitario vacío del valle, parecía que se negaban a mostrarse a la luz diurna. Acabamos bebiendo té en una granja donde el granjero nos dijo que su madre, la anciana que había hecho el té y que se quedó mirándonos desde su mecedora en un rincón, era una prima lejana de nuestra abuela. Después de eso quiso que lo ayudáramos a cazar una rata muy especial: se robaba los huevos, según nos contó. Su puerta principal era una hendidura a la entrada de un viejo establo. Cada tarde la veía. Pero era demasiado astuta para dejarse atrapar. El granjero nos dio dos huevos podridos que colocamos muy a la vista, a unos metros de la madriguera. Luego trepamos a un henil y nos tendimos para espiar los huevos y la guarida de la rata a través de la puerta abierta.

Permanecimos inmóviles sobre las tablas tibias, los ojos fijos en la hendidura, hasta que la luz empezó a declinar. Quizá la rata nos observaba desde su madriguera. Nunca apareció. Perdí la paciencia, pensando en los conejos que se nos escapaban. A lo mejor estaban por doquier. Quería al menos uno para llevarlo a casa.

Por fin mi hermano se rindió y regresamos a nuestro campamento, atravesando la llanura frente a la granja. Vimos varios conejos, pero ya estaba demasiado oscuro para apuntarles con el rifle. No obstante, descubrí que me interesaba más volver a la brecha en la pared. Me moría de ganas de ver la trampa. Imaginaba a un gran zorro rojo aplastado. O quizá un armiño, que podría derrumbar fácilmente esas frágiles ramas. O incluso un cuervo. Un armiño podría saltar y salvarse.

Pero la brecha estaba tal como la habíamos dejado, con la codorniz intacta.

Mi idea del valle cambiaba. Lo había imaginado lleno de armiños, zorros, comadrejas: y también de conejos. Pero quizá aquí, al igual que en todas partes, los tramperos y avicultores llevaban el control. Hasta de los cuervos: no había visto uno solo. Tampoco había visto urracas, que habrían encontrado la codorniz en cualquier punto del valle.

Pero el trampero había puesto la trampa, así que debía haber algo. Quizá, como había dicho mi hermano, era para un zorro. Un zorro esquivo, un notable aunque solitario bandido con su madriguera en el bosque, cerca de nuestro campamento. Tal vez se escondía entre las rocas, donde no podía ser hallado. Tal vez por la mañana estaría ahí, destripado bajo la losa caída. O a lo mejor era una zorra.

La quietud vespertina era igual que la de la noche anterior. Mientras preparábamos huevos con tocino para acompañarlos con carne de puerco y alubias, sucumbí nuevamente al hechizo del valle. La imagen de un zorro cercano, hundido en su guarida, aspirando quizá el aroma del tocino, hacía todo más misterioso. No dejé de escrutar, a través del ocaso, la penumbra arbórea a nuestros pies; quería recuperar la espectral sensación de aquella tonada, su insólita letra:

Si hoy vas al bosque

Hallarás una gran sorpresa

Nunca fallaba. Conforme el valle se oscurecía aumentaba la sensación, con el oso avanzando por la espesura. Descubrí que al mirar hacia abajo y pensar en la canción podía echarme a temblar. Podía hacerlo una y otra vez, apartando la vista para luego volver a fijarla en el abismo y escuchar la tonada. En cada ocasión sentía un nuevo estremecimiento. No dejé de ponerme a prueba para saber si seguiría ocurriendo. Como si me empeñara en tocar una chispa eléctrica. Y siempre se repetía.

El zorro estaría oliendo nuestro tocino, nuestro café. Acostumbrábamos hacer café al anochecer. Era la parte que más me gustaba: sentarme a ver la hoguera mientras sorbía el líquido dulce e hirviente y los leños se reducían a una gruta luminosa, blanqueando las piedras. Quizá las huellas en el rocío de la noche anterior habían sido del zorro, que había espiado nuestra tienda y nuestra fogata en busca de sobras.

De nuevo planeamos levantarnos temprano. Mañana domingo, en algún momento, teníamos que volver a casa. Mi hermano quería cazar algo con el mismo fervor que yo. Lamentaba haber perdido tiempo con la rata.

Esa noche intenté permanecer despierto para aprovechar hasta el último instante; acostado bajo la cobija, me dediqué a escuchar. Cada pequeño ruido debía significar algo. Podía oír el río allá en las profundidades. ¿Por qué no lo había escuchado la noche anterior? ¿Podría oír a un zorro si se acercaba hasta la tienda y me olía a través de la lona?

En algún punto debo haberme dormido porque al despertar creí que ya era el amanecer. Luego me di cuenta de que el pálido fulgor que entraba a la tienda era la luz de la luna. Me sentía completamente alerta, en tensión. Algo me había despertado. Me quedé tendido, atreviéndome apenas a respirar. Entonces oí un susurro, una especie de silbido grave, allá afuera. Decía mi nombre.

Alguien estaba ahí.

A mi lado, hundido en el sueño, mi hermano respiraba tranquilamente. Yo sólo escuchaba. Ignoro qué pensaba entonces. No tenía miedo, pero aun así me sorprendió sentir las lágrimas deslizándose despacio hacia mis orejas mientras yacía mirando hacia arriba.

De nuevo llegó el susurro, mi nombre. Venía al parecer de la hoguera.

Sigilosamente, en parte para no despertar a mi hermano, en parte para que la voz no supiera que la había oído, me senté, me incliné hacia adelante y traté de mirar a través de la puerta de la tienda. La abrí unos centímetros y pude distinguir un minúsculo brillo carmesí en nuestra fogata. Allá afuera todo estaba bañado por un resplandor gris, brumoso.

*

Alguien estaba de pie junto a la fogata.

Era una persona y sin embargo me daba la impresión de que no lo era. O se trataba de una persona muy pequeña. Parecía una anciana diminuta con un extraño bonete y un chal enorme. Así la percibía yo. Mientras miraba con todas mis fuerzas, intentando definir algún rasgo, la figura flotó hacia atrás, refugiándose en la sombra de los árboles. Pero el susurro regresó:

—Ven. Rápido. Ha habido un accidente.

Supe de inmediato que debía ser alguien de la granja. De seguro la anciana madre del granjero. Por eso sabía que estábamos aquí. El granjero había caído a un pozo o de una escalera, o una vaca rabiosa lo había atacado aplastándole las costillas. O simplemente se había tropezado al bajar por una taza de té para su madre que no podía dormir.

Algo me impidió despertar a mi hermano. Lo que en realidad quería era averiguar más. ¿Quién era esa persona? ¿De qué accidente hablaba? De cualquier modo me había llamado por mi nombre. Debía ser a mí a quien necesitaba especialmente. Después podría regresar y contárselo a mi hermano. Quería saber, más que nada, de quién era esa figura.

Me había dormido con la ropa puesta, para guardar el calor y no perder tiempo al levantarme. Así que sólo me calcé las botas. Desamarré la parte inferior de la puerta de la tienda y me arrastré afuera. La hierba estaba fría, empapada bajo mis manos.

—Aprisa —vino el susurro de entre los árboles—. Aprisa, aprisa.

Parece extraño que no tuviera miedo. Estaba tan seguro de que era alguien de la granja que no pensé en otra posibilidad. Tan sólo me sentía intrigado, profundamente excitado y también, de golpe, muy importante.

Fui hacia la voz, escrutando la oscuridad. Aunque la luna ya no estaba llena se veía dura y muy blanca. Quería integrarme rápido a las sombras para pasar desapercibido.

La voz regresó ahora de más adentro del bosque. Sí: subía rumbo a la granja.

—Aprisa —seguía diciendo—. Aprisa.

Bajo los árboles la ladera estaba despejada, llena de hierba pero sin zarzas ni maleza. Fácil de trepar aunque empinada, con ese pasto tosco y resbaloso.

La voz iba adelante mientras yo ascendía. Muy pronto pude ver a través del follaje: más allá, el cielo nocturno estaba poblado de radiantes cúmulos de nubes inmaculadas. De vez en vez distinguía la silueta oscura, el curioso bonete subiendo, saltando entre los árboles.

—¿Vienes? —se oyó de nuevo el susurro—. Es por aquí.

Vi la figura en la brecha de la pared, recortada claramente contra las nubes. Luego desapareció. Sólo hasta entonces, mientras trepaba hacia la brecha, buscando apoyo a veces en la hierba, noté algo más agitándose y piafando bajo la pared en un pálido charco de luz lunar.

Al principio creí que era un conejo que, asustado por nuestra presencia, brincaba y trataba de salir del cepo en el que había caído. Al menos era del tamaño de un conejo. Y entonces me llegó un aroma rico y poderoso.

Con un estremecimiento, recordé. Había alcanzado la trampa.

La enorme losa de piedra se había desplomado. Junto a ella estaba sentado un zorro joven aunque bien desarrollado que me miraba, jadeante. Mientras registraba la escena, el cachorro empezó otra vez a agitarse y a jalar, a piafar y a sacudirse en silencio hasta que volvió a agazaparse, la mirada fija en mí, el hocico abierto, la lengua colgando entre jadeos.

Descubrí que tenía atrapadas la cola y una pata trasera. Las había aplastado una esquina de la enorme losa.

El olor era abrumador, espeso, asfixiante, casi líquido, como si alguien me hubiera vaciado una esencia concentrada, saturándome la ropa y las manos. Sabía que era el aroma del zorro —el penetrante aroma de un zorro asustado.

Alcé los ojos y vi que la figura estaba a unos metros, observándome. Pude distinguir con claridad que se trataba de una pequeña anciana, con sus piernas delgadísimas y su extraño bonete y su chal. Al parecer no quería que yo fuera a la granja. Me había guiado hasta el cachorro. Quizá era una vieja excéntrica que nunca dormía, o que lo hacía sólo de día para dedicarse en las noches a deambular por el valle, protegiendo a los zorros y hablando con los búhos. Debía haber visto nuestro campamento. A lo mejor algunas de las huellas habían sido de ella, dispersas en el rocío alrededor de nuestra tienda. Y ahora se había topado con el cachorro y, al no tener la fuerza suficiente para mover la losa, había acudido a nosotros. Quería que yo levantara la piedra y soltara al animal. No había llamado a mi hermano porque pensaba que podría matarlo. Debía habernos espiado y oído que él decía mi nombre.

Mi primer impulso fue quedarme con el cachorro. Pero ¿cómo podía detenerlo y al mismo tiempo levantar la losa? Era un animalillo desesperado y feroz. Podía haberlo envuelto en mi suéter, rodeándolo con las mangas. Pero no se me ocurrió. Cuando puse los dedos bajo el otro extremo de la piedra, el cachorro me enseñó los colmillos y siseó como un gato; luego volvió a piafar, tratando de soltarse.

Aunque apliqué todas mis fuerzas, apenas pude alzar la losa unos centímetros. Pero fue suficiente. En cuanto la piedra se movió, el cachorro saltó y desapareció en el bosque como un cohete.

Volteé hacia la anciana y me topé con la siguiente sorpresa. El campo recién segado estaba desierto. Caminé hacia donde ella había estado. Bajo la desnudez lunar del cielo, más radiante aún por los cúmulos de nubes plateadas, el campo entero estaba vacío. No había ni siquiera una oveja. Absolutamente nada.

No podía haber escapado. Mi mirada se había apartado tan sólo unos segundos. Simplemente se había ido. Podía ver cada brizna de hierba donde ella había estado. La pared de la cañada. Los árboles del bosque. Las cimas de las colinas.

Regresé a la trampa. Descubrí que yacía con una leve inclinación. Había algo debajo. Quizá otro cachorro. Intenté alzarla de nuevo. Pero no pude moverla más que unos pocos centímetros, y sólo durante un segundo. Imposible levantarla.

Al volver al campamento vi que alguien estaba de pie frente a la tienda, bajo la luz de la luna. Me detuve y me escondí entre los árboles. Recordé, en un súbito y terrible relámpago, al Viejo Britano. Por primera vez tuve miedo.

Pero entonces oí que alguien decía mi nombre con voz familiar. Era mi hermano. Había salido de la tienda. Me había escuchado.

—¿Dónde anduviste?

Le conté lo que pasó. Todo lo que dijo fue:

—Echaremos un vistazo en la mañana. Vente a dormir.

No pude conciliar el sueño. La tienda se oscureció, sumiéndose en una negrura total. O la luna se había ocultado o una nube la había cubierto. Entonces oí el delgado ruido de la lluvia contra la lona.

La tormenta arreció. Pronto llenaba el mundo entero, como una tela rasgándose ininterrumpidamente en mi cabeza. Una gota me golpeó el rostro.

La lona palideció despacio. Distinguí el canto de los gallos en las granjas lejanas y me dormí. Lo siguiente que recuerdo es el olor del tocino. Había dejado de llover. Era de día.

—Ven, vamos a comernos todo —dijo mi hermano.

Yo quería ver la trampa pero él no tenía prisa. Limpiamos sartenes y platos con agua y arena y los pusimos en su bolsa. Mi hermano empezó a desmontar la tienda húmeda. En unos minutos todo estaba guardado. La lluvia se había soltado de nuevo, aunque era más bien una ligera llovizna.

*

Al parecer era el fin de la jornada. Por lo que veía, la temporada de caza había concluido.

Pero entonces mi hermano tomó el rifle del árbol donde lo había apoyado para que se secara y echó a andar por el bosque.

La trampa estaba tal como yo la había dejado. Mi hermano me pasó el rifle, puso los dedos bajo la losa y la empujó contra la pared. Ahí, a nuestros pies, yacía muerto un enorme zorro rojo, con la codorniz aún entre las fauces.

Mi hermano lo sacó para examinarlo. El cuerpo estaba rígido. Lo alzó de una pata trasera y una delantera cayó en un ángulo extraño. La cabeza estaba torcida y no soltaba al ave destripada. Sólo la cola vibraba como un helecho. Yo había creído que lo que hubiera bajo la losa estaría aplastado igual que una rata en la carretera. El zorro se veía ligeramente aplastado, sobre todo su pelaje.

Cargando al animal muerto aún de la pata trasera, mi hermano me quitó el rifle y empezó a bajar por el bosque. Pero entonces se volvió, me pasó el arma otra vez y jaló la losa, que regresó a su lugar con un sordo estruendo. Sentí que la tierra temblaba.

—Este zorro huyó —dijo mi hermano.

En el campamento sacó su pequeña hacha. Le pregunté qué haríamos con el animal. ¿No era del trampero? Recuerdo su respuesta:

—Este zorro se pertenece a sí mismo.

Luego, con el hacha, comenzó a cavar un hoyo en medio de la hierba aplastada por nuestra tienda. Hizo el césped a un lado y siguió cavando, quitando la tierra suelta con las manos, hasta pegar con suelo rocoso. La fosa tenía aproximadamente dos pies de profundidad. Con una rama afilada mi hermano empezó a apartar piedras, dándole forma al fondo del agujero. Me acuclillé a su lado, observando por turnos la fosa y el zorro. Nunca había examinado un animal semejante. Era tan increíble verlo ahí, tan cercano, tan real. Cuando le levanté un párpado el ojo me miró, luminoso y vivo. Se lo cerré con cuidado y lo acaricié. Tenía un aspecto levemente machacado pero sin ningún daño aparente, sin una gota de sangre. Y sumamente peculiar, con la codorniz muerta en el hocico.

Mi hermano lo levantó.

—¿Quieres la cola? —me preguntó. Negué con la cabeza.

Lo depositó con pulcritud al fondo del agujero y lo arregló, doblando la rígida pata delantera para que se viera más cómodo. Lo rodeamos de rocas diminutas y lo cubrimos con la tierra oscura. Después vino el césped; para que quedara plano, mi hermano quitó un poco de tierra y la arrojó lejos. Lo ayudé a ocultarla bajo la hierba arrancada. Mientras lo hacía, palpé un duro guijarro y vi bajo mis dedos lo que parecía ser uno de esos blancos trozos de cuarzo que uno suele hallar incrustados en los pedruscos negros de la pradera. Pero entonces descubrí que no era un guijarro.

Me incorporé para estudiarlo. No podía creer lo que tenía en la palma de la mano. Era un minúsculo zorro de marfil. Estaba tan sorprendido que sólo atiné a apretarlo. Quizá pensaba que mi hermano podría quitármelo.

—¿Qué pasa? —preguntó, alzando los ojos. Nunca se perdía nada. Pero logré desviar mi atención al dorso de mis dedos. Deslicé mi hallazgo en el bolsillo y volví a acuclillarme junto a la tumba. Mi hermano peinaba la hierba y el césped con la mano, alisando los bordes para aparentar que jamás habían sido tocados.

Cuando terminó, uno no hubiera creído que ahí había una tumba, aun mirando de cerca. Todo hacía pensar en el terreno hollado por una tienda de campaña. Mientras permanecía inmóvil, sentí que mi hermano me observaba.

—¿Estás bien? —preguntó.

Tuvimos que caminar bajo la llovizna hasta Hebden Bridge para tomar el autobús de regreso a casa. Mi hermano cargaba el equipaje y yo el rifle. No había hecho un solo disparo.

Fue mientras esperábamos en la parada del camión cuando me preguntó quién suponía que era la anciana de la noche anterior. Bueno, respondí, debe haber sido sólo una anciana.

—Pero dijiste que se esfumó.

—Sí. Un momento estaba ahí y al siguiente ya no.

—¿Crees —dijo mi hermano— que era el fantasma del zorro muerto?

De modo que fue allí, de pie en la parada de autobús de Hebden Bridge, donde por primera vez tuve que preguntarme si efectivamente había visto una aparición. No sabía qué pensar al respecto. Pero, desde entonces, en dos o tres ocasiones he creído ver fantasmas, y sé que en cuanto el instante ha pasado uno ya no sabe qué pensar. Tampoco sabía cómo juzgar el pequeño zorro de marfil: el zorro en mi bolsillo. ¿A quién se le había caído donde lo encontré? ¿A uno de nuestros tíos años atrás? Obviamente cuando un objeto se cae de esa forma no desaparece en la nada. Tiene que permanecer en ese mismo lugar. Así que el zorro podría haber estado ahí desde antes que llegaran nuestros tíos. Desde mucho, muchísimo tiempo antes. Como las piedras. Lo que hacía que me sintiera ligeramente aturdido era el modo en que lo había hallado mientras enterrábamos al zorro de carne y hueso. Ignoraba el sentido de todo el asunto, cómo descifrarlo. Cuando pensaba en ello sentía que un aro me apretaba la cabeza.

Pero ahí estaba, en mi bolsillo, el zorro de marfil, suave y perfecto. Y después de tantos años aquí está, tal como lo encontré. Y aún no sé qué pensar de él. O de la anciana, si eso es lo que era.

Aquel año nos mudamos a otra parte de Yorkshire. No volví a pasear por Crimsworth Dene ni a buscar la tumba del zorro durante mucho, mucho tiempo.

[Cuento incluido en el libro Difficulties of a Bridegroom, Faber and Faber, 1996]

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Mauricio Montiel Figueiras (1968) es narrador, ensayista y traductor mexicano. Entre sus libros más recientes se encuentran "La penumbra inconveniente" (2001), "La piel insomne" (2002), "Terra cognita" (2007), "La brújula hechizada. Algunas coordenadas de la narrativa contemporánea" (2009) y "Paseos sin rumbo. Diálogos entre cine y literatura" (2010). En Twitter: @Elhombredetweed.

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